Sobre el tema que nos ocupa, tan específico y delimitado,
pocos autores, críticos e historiadores de nuestro país (el
propio cineasta no suele escribir sus experiencias) han escrito, si exceptuamos
las dos obras de Josep Torrella, el manuscrito inédito de Tomás
G. Larraya, y en parte los escritos y la obra de José López
Clemente.
Aparte he de citar las tesis que sobre el cine de animación
en general se han presentado en varias universidades españolas, pero que
normalmente no se pueden consultar ni son publicadas. En la Bibliografía
cito sólo las que los propios autores me han facilitado o regalado; en
algunas incluso he colaborado.
Aparte de estos «abogados» de causas perdidas
cinematográficas, hay cierta información en forma de
artículos, catálogos, opúsculos, folletos, gráfica
y otra documentación extraordinariamente desperdigada, siendo muchas
veces difícil su acceso, a lo que añadiremos el ingente tiempo
necesario para la investigación en un país nada propicio a
ello.
¿Qué diremos de los films y de su variedad de
formatos, desde el primitivo 9'5 mm hasta el 35 mm? El tiempo, que todo lo
desvanece, juega a la contra: realizadores ya desaparecidos y obras que nadie
sabe dónde paran, algunas de las cuales ha sido imposible visionar; un
material también extraordinariamente diseminado que nadie nunca se ha
preocupado de reunir.
Por todos estos motivos considérese este trabajo un mero
acercamiento al tema y nunca un estudio exhaustivo.
Importa destacar la situación de
impasse en la que creo se encuentra el
cine experimental, entre otras causas por la decadencia de los formatos
más usuales en el cine experimental español, el super 8 y el 16
mm, ocasionada por la «invasión» del vídeo. Se habla
de los «vídeo-artistas», pero ¿dónde
están los «experimentalistas» del cine?
Se hace difícil establecer un paralelismo con los
experimentalistas de otros países, generalmente artistas
plásticos que han utilizado, que se han servido del cine, en concreto
del de animación como soporte; otros han utilizado la tela o el papel
como canal o medio de comunicación. Y todavía más si se
tratara de hacer un paralelismo con un grupo más o menos aglutinado como
fue el de la Alemania de los años veinte y treinta, en medio de un caldo
de cultivo favorable que alentó su creación: las figuras de
Ruttmann, Reiniger, Richter, Eggeling, Fischinger, surgieron no por casualidad,
sino arropadas o relacionadas con una sociedad, un movimiento cultural
político de instituciones como la Bauhaus, que las hicieron
posibles.
Aquí, en cambio, los realizadores que han cultivado este
«género» han sido pocos, aislados entre sí, que
normalmente no se conocen entre ellos, y a veces ni sus obras, y mucho menos
han constituido una «escuela» o una
«generación»; en general su obra es escasa y sin ninguna
continuidad, lo que no ha permitido una maduración de su trabajo y ha
producido grandes lagunas temporales.
En cuanto a su difusión, puesto que no cabe hablar con
propiedad de su distribución, ésta se ha circunscrito -con
suerte- a filmotecas, universidades y fundaciones culturales. La máxima
suerte es haber conseguido formar parte de una muestra o antología
circulante por España y algún país europeo, o que la
televisión haya emitido, normalmente como relleno, sin ningún
comentario o información, algún fragmento de película.
Dalí, Picasso, Miró... ejemplos del escaso
interés de nuestros artistas plásticos por utilizar la
«tela» de celuloide con la que expresar sus ideas. Por hablar
sólo de esta «trinidad» indiscutible de artistas
contemporáneos, que juzgo representativa por su escasa relación
con el cine de comunicación natural entre artes plásticas y
cinematografía, por contener (el cine de animación) elementos de
ambos compartimentos, que en estos casos permanecieron como
«compartimentos estancos».
Sin embargo, pese a esta evidencia, ninguno de estos tres artistas,
y muchos otros que se podrían citar, tuvieron apenas alguna
relación con la animación, o sea, no fueron realizadores de
cualquiera de las técnicas de animación; otra cosa es que algunos
animadores hayan utilizado las pinturas, los dibujos o las esculturas de estos
artistas para animarlos.
De los tres, sólo Salvador Dalí tuvo a lo largo de su
vida una relación casi constante con el cine de imagen real: con
Buñuel en el corto
El perro andaluz (1929), con Hitchcock en
algunas secuencias de
Recuerda (1944) y con otros realizadores que ya
han sido suficientemente evocados y, por tanto, aquí me
ceñiré al caso menos conocido de la única relación
-frustrada- de Dalí con el cine de animación. Él mismo la
explica en una entrevista3 que fue reproducida en el libro-catálogo de la
exposición celebrada en 19834. Se trata de una
secuencia de 6 minutos en dibujos animados que había de incluirse en un
film que tenía que llamarse
Destino, proyectado conjuntamente con Walt
Disney. «En primer lugar se ve un jardín muy convencional con
estatuas esparcidas y en el centro una fuente en forma de cisne. Después
el jardín desaparece. El cuello y las alas del cisne se convierten en el
tronco y las orejas de un elefante patas arriba. El elefante se transforma
después en una pirámide, en la que se halla esculpida la cabeza
de Cronos, hacia la cual se dirige una muchacha. De repente la pirámide
desaparece y el gran triángulo que ocupaba la tela presenta ahora la
perspectiva de un camino (...)».
Por causas que no han quedado explicadas, este proyecto no
llegó a su término, aunque posiblemente en los inexpugnables
archivos de la factoría Disney haya originales y pruebas del mismo. De
todos modos nos hemos quedado con las ganas de ver cómo los
«relojes blandos» se deshacen en una perspectiva ilimitada con
«jirafas ardiendo» que corren de un lado para otro... Conocemos el
cine surrealista de imagen, pero no el de animación, que la
imaginación daliniana hubiera podido crear.
Por lo que hace a Picasso, su relación con la
animación es también escasa. Fernández Cuenca así
lo atestigua en su libro5: «Hacia 1919, el
crítico de arte Elie Faure, uno de los primeros en captar y defender la
categoría estética del cine, expresó su esperanza,
quizá como consecuencia de estudios minuciosos acerca de la
maestría dibujística del pintor español, de que
algún día nos diese dibujos animados (...)». Se habla
también de que Picasso en 1950 empezó un proyecto de film en 16
mm, que parece que quedó interrumpido.
El mismo autor, citando los testimonios de Roland Penrose y Georges
Sadoul, dice de este último: «Piensa -escribió- fabricar
objetos especiales para el film, objetos que sólo podrán verse en
el cine. Sus dedos brujos, su mirada de hada, abren puertas olvidadas por los
realizadores desde la infancia del arte del film, Méliès, Zecca y
Cohl, utilizando recortes de papel con formas de animales y de figuras humanas
pintadas con tizas de colores».
En la filmografía sobre Picasso hay abundantes documentales,
en algunos de los cuales colaboró el mismo artista; uno de los
más conocidos es
Le Mystère Picasso (1955), de
Henri-Georges Clouzot, en el cual se usó el «foto a foto»
característico de la animación para mostrar el proceso de
formación de una pintura. Pero paradójicamente, mientras
numerosos realizadores de animación han utilizado para animar la obra de
Picasso, la relación de éste con dicho género
cinematográfico es puramente anecdótica y marginal.
Tres cuartos de lo mismo se puede decir de Joan Miró, que aun
teniendo muchos aspectos de su obra, pinturas, dibujos, grabados y esculturas,
trasplantables al arte de la animación, no la utilizó como un
medio de expresión plástica más. Como en el caso de
Picasso, su filmografía, especialmente la referente al documental, es
abundante, aunque no tanto la que ha utilizado la animación.
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